“El gran reto es hacer compatible productividad y cohesión social”

Ramón Jáuregui analiza los mitos y verdades de la Responsabilidad Social de la Empresa junto al reto actual que representa el modelo de la Economía del Bien Común. Este eurodiputado es uno de los mayores expertos en la responsabilidad social de las empresas en el ámbito europeo y advierte que no todo lo que parece RSE lo es realmente. Jáuregui estuvo recientemente en Valencia analizando el papel de las empresas en el nuevo marco global en un encuentro organizado por la Fundación Novaterra.


¿Qué opina del modelo de la Economía del Bien Común frente a la Responsabilidad Social de la Empresa (RSE)?

Yo pienso que la EBC es un estadio evolutivo de la RSE más avanzado, con un fondo filosófico mayor, con una ambición conceptual más interesante en la medida en que se plantea como un modelo alternativo a la economía de mercado sin cuestionar el mercado y aceptando en gran parte el rol de la empresa en la economía. En mi opinión es un proceso más avanzado de responsabilidad social que trata de impregnar al conjunto de la sociedad en la idea de la economía porque exige a la empresa unos valores prioritarios al propio beneficio. Valores como el empleo, la innovación, el combate de la exclusión, etc. Coloca a la empresa frente al espejo de su responsabilidad con la sociedad, y concreta más que la RSE la intervención pública y la obligatoriedad de ser responsables. Sin embargo, los problemas que puede tener para su desarrollo real creo que son muy parecidos a los que hemos tenido en la RSE. Es un tema para el debate. Con todo, el gran reto de la sociedad en la que estamos es hacer compatible productividad y cohesión social, y esta ecuación tan difícil y tan bella por otra parte es la que guía la EBC.


¿Todo lo que parece Responsabilidad Social de la Empresa lo es realmente?

Absolutamente no. De hecho, estamos sufriendo un problema de devaluación de la idea en gran parte porque ha habido una confusión conceptual muy grande y ha habido mucha acción social y poca responsabilidad social. La confusión entre acción social, considerada como una aspecto colateral de la actividad de la empresa ha perjudicado la concepción de una responsabilidad integral de la empresa que tiene que configurar toda su actividad. Hay una frase que creo que lo define bien, “no me digas qué haces con tus beneficios, dime cómo los obtienes”. Pienso que esta frase explica realmente la confusión conceptual que se ha producido y que en mi opinión ha devaluado peligrosamente la idea de la responsabilidad social.


¿Qué obstáculos observa usted actualmente para que esa responsabilidad se implemente realmente en la sociedad y en las organizaciones empresariales?

En primer lugar,  creo que no hay una sociedad civil suficientemente vertebrada que premie y castigue los comportamientos responsables e irresponsables. Para mí, este es el núcleo del problema. Cuando las compañías no obtienen resultados de su esfuerzo por la responsabilidad social, sean estos económicos o sean reputacionales, cuando la empresa no percibe que sus esfuerzos en esta materia son premiados por la sociedad, su estímulo para seguir trabajando en responsabilidad social decae. Este es el problema principal. Yo añadiría en la misma linea que los comportamientos irresponsables no están suficientemente castigados por el mercado, y eso nos hace pensar en la conveniencia de que haya observatorios, índices objetivos con capacidad y credibilidad para dirigirse a la sociedad y denunciar los comportamientos reprochables. A mí me parece que esto nos falta. Porque seguramente, la sociedad no tiene suficiente confianza y tampoco hay mucha colaboración de los medios de comunicación con esta idea. Este podríamos decir que es el núcleo más problemático de estas ideas, sea la RSE o la EBC. La sociedad no es receptora de esos valores.


Respecto a las grandes multinacionales corporativas, usted sostiene que “una ciudadanía empobrecida por la crisis no puede encima ser burlada con una ingeniería fiscal diseñada para eludir los impuestos de sociedades”. Parece más bien una lucha entre David y Goliat.

En parte, sí. Las multinacionales se han hecho muy grandes, superadoras del estado-nación y de sus mecanismos limitados. El tema de la fiscalidad es probablemente uno de los escándalos más grandes que se han producido en los últimos tiempos y finalmente se ha puesto de manifiesto algo que ya intuíamos, y es que las multinacionales tenían una ingeniería fiscal muy agresiva contra las haciendas públicas y obtenían acuerdos de los estados que competían entre sí para atraerlos y relocalizarlos. En el seno de la propia Unión hemos comprobado que estamos haciéndonos competencia desleal unos a otros en perjuicio de las haciendas públicas y de los ciudadanos.

Efectivamente, los ciudadanos, con la crisis han elevado su nivel de indignación contra el sistema. Esto es una evidencia. La crisis ha puesto de manifiesto muchas cosas que están muy mal y a la gente esto le cabrea cada vez más. La fiscalidad agresiva de las multinacionales ha sido la gota que ha colmado el vaso. Este contexto de indignación, general en Europa, por lo que yo llamaría la devaluación del contrato social clásico de la segunda mitad del siglo XX, es lo que genera un contexto de reclamación a las compañías de un comportamiento social. Eso es lo que la EBC quiere aprovechar como palanca de impulso hacia esa idea.


Hablando del contrato social al que hacía referencia, ¿cree que es necesaria una revisión o más bien una refundación del sistema económico y social?

Yo soy muy poco adanista en el sentido de que haya que crearlo todo nuevo. España vive en estos momentos una preocupante tentación de hacerla toda de nuevo pensando que lo que hemos hecho en estos 35 años, el estado autonómico, la constitución,  tiene que cambiarse de raíz. Esto no es posible. Las teorías evolutivas o reformistas son las razonables en mi opinión, y con el contrato social europeo que se diseñó en la segunda mitad del siglo XX pasa lo mismo. Está sufriendo una erosión enorme, el modelo laboral está en una depauperación progresiva, en la globalizacion económica y en el dumping social que se genera. La sostenibilidad de las prestaciones públicas está en riesgo. Entonces, todo esto que ha configurado una manera de ser de Europa, una manera de ser faro civilizatorio, derechos humanos, más democracia etc, está sufriendo por el crecimiento de la desigualdad y por la devaluación del marco de protección de las clases menos favorecidas. ¿Cómo se reconstruye eso?

Pues esa es la gran tarea del momento. Yo, para decirlo en dos palabras, creo que no podemos prescindir de las empresas como aliadas de una reforma social inteligente.

 

Entrevista completa en Valencia Plaza

El éxito de Siegfried

No creo que sea para revolcarse en su dolor por lo que Siegfried Meir cuente una y otra vez qué les hacían en Auswitch a la gente como él. Judío de nacimiento, entró con ocho años y se quedó con su madre en el barracón de las mujeres, hasta que vino el tifus. Él lo superó pero su madre, no. Sus compañeras de barracón le practicaron una suerte de eutanasia con una inyección de aire para evitarle la muerte más indigna. Siegfried ni siquiera lloró, se había acostumbrado tanto a convivir con la muerte que su corazón parecía ya una piedra.

Pero no sólo eso: “yo he pasado muchos años culpando a mis padres  de todo lo que nos pasó, en vez de culpar a los nazis -dice-, “y les culpaba porque  sus hermanos huyeron a Estados Unidos y se salvaron, y nosotros, no”. “Cuando hablo así -añade- es el niño el que está hablando, no el adulto que soy ahora que ya comprende.”(*)

Luego vino Mauthausen y quedar al cuidado de Saturnino Navazo por orden de Bachmayer. Navazo era un reputado futbolista español que había conseguido ciertos privilegios en el campo gracias a sus habilidades con el balón. Y lo cuidó. Finalmente, la liberación del campo, los primeros años de libertad juntos fingiendo ser padre e hijo, hasta que Navazo rehace su vida amorosa y Siegfried deja de tener cabida en la nueva vida de su “padre”, como le sigue llamando hoy.

Llegada a París: “Yo quería ser algo, ser alguien, quería ser reconocido”. Fue su forma de plantar cara a la vida frente a quienes anteriormente habían querido arrebatarle su identidad, su valor como persona y su dignidad como ser humano. Sigfried no quiso darles ese poder. Y tras dar algunos tumbos en el mundo de las artes escénicas, encontró el éxito como cantante. Reconocido primero por el público y más tarde por Georges Moustaki, de quien llegaría a ser gran amigo, Siegfried reconstruyó una parte de su persona al amparo de un personaje que le permitió tener un espacio propio en la vida del París de los años sesenta y, por tanto, un lugar en el mundo. Y luego a Ibiza, el mismo éxito o más.

Sin embargo, los dolores del pasado seguían ahí, guardados en lo más hondo de un cajón pero reclamando insistentes un lugar por donde salir a respirar. Quizás un trozo demasiado importante de su alma había huido por miedo a sentir, y ahora la distancia que mediaba entre la persona y el personaje era demasiado grande. Incluso, durante años dijo a sus hijas que el número de deportado 117.943 que lleva grabado en el brazo era el número de la Seguridad Social. Pero el tiempo es enemigo de la mentira. Una cosa es vivir en un mundo construido a base de roles y otra es creérselo.

Siegfried Meir

Siegfried empezó a ser auténtico cuando dejó de negarse  a sí mismo y a los demás la dura realidad con la que convivía en su mundo interior. Dejó de huir, comprendió, contó y, seguramente, lloró.

Ciertamente, había conseguido consolidar al personaje. El dinero no faltó, triunfó en el mundo de la escena y entre aplausos, pero el mayor  éxito de Siegfried  seguramente ha sido sobrevolar la construcción ilusoria del personaje que un día le amparó y hacer el camino de regreso a casa, al auténtico Siegfried, esta vez sin escenario y sin maquillaje.

(*) Extractos de una entrevista a Siegfried Meir de futura publicación