El éxito de Siegfried

No creo que sea para revolcarse en su dolor por lo que Siegfried Meir cuente una y otra vez qué les hacían en Auswitch a la gente como él. Judío de nacimiento, entró con ocho años y se quedó con su madre en el barracón de las mujeres, hasta que vino el tifus. Él lo superó pero su madre, no. Sus compañeras de barracón le practicaron una suerte de eutanasia con una inyección de aire para evitarle la muerte más indigna. Siegfried ni siquiera lloró, se había acostumbrado tanto a convivir con la muerte que su corazón parecía ya una piedra.

Pero no sólo eso: “yo he pasado muchos años culpando a mis padres  de todo lo que nos pasó, en vez de culpar a los nazis -dice-, “y les culpaba porque  sus hermanos huyeron a Estados Unidos y se salvaron, y nosotros, no”. “Cuando hablo así -añade- es el niño el que está hablando, no el adulto que soy ahora que ya comprende.”(*)

Luego vino Mauthausen y quedar al cuidado de Saturnino Navazo por orden de Bachmayer. Navazo era un reputado futbolista español que había conseguido ciertos privilegios en el campo gracias a sus habilidades con el balón. Y lo cuidó. Finalmente, la liberación del campo, los primeros años de libertad juntos fingiendo ser padre e hijo, hasta que Navazo rehace su vida amorosa y Siegfried deja de tener cabida en la nueva vida de su “padre”, como le sigue llamando hoy.

Llegada a París: “Yo quería ser algo, ser alguien, quería ser reconocido”. Fue su forma de plantar cara a la vida frente a quienes anteriormente habían querido arrebatarle su identidad, su valor como persona y su dignidad como ser humano. Sigfried no quiso darles ese poder. Y tras dar algunos tumbos en el mundo de las artes escénicas, encontró el éxito como cantante. Reconocido primero por el público y más tarde por Georges Moustaki, de quien llegaría a ser gran amigo, Siegfried reconstruyó una parte de su persona al amparo de un personaje que le permitió tener un espacio propio en la vida del París de los años sesenta y, por tanto, un lugar en el mundo. Y luego a Ibiza, el mismo éxito o más.

Sin embargo, los dolores del pasado seguían ahí, guardados en lo más hondo de un cajón pero reclamando insistentes un lugar por donde salir a respirar. Quizás un trozo demasiado importante de su alma había huido por miedo a sentir, y ahora la distancia que mediaba entre la persona y el personaje era demasiado grande. Incluso, durante años dijo a sus hijas que el número de deportado 117.943 que lleva grabado en el brazo era el número de la Seguridad Social. Pero el tiempo es enemigo de la mentira. Una cosa es vivir en un mundo construido a base de roles y otra es creérselo.

Siegfried Meir

Siegfried empezó a ser auténtico cuando dejó de negarse  a sí mismo y a los demás la dura realidad con la que convivía en su mundo interior. Dejó de huir, comprendió, contó y, seguramente, lloró.

Ciertamente, había conseguido consolidar al personaje. El dinero no faltó, triunfó en el mundo de la escena y entre aplausos, pero el mayor  éxito de Siegfried  seguramente ha sido sobrevolar la construcción ilusoria del personaje que un día le amparó y hacer el camino de regreso a casa, al auténtico Siegfried, esta vez sin escenario y sin maquillaje.

(*) Extractos de una entrevista a Siegfried Meir de futura publicación