La maldición china

“Ojalá te toque vivir tiempos interesantes” reza una antigua maldición china. Ironías de la vida, la maldición viene a decir, ojalá te veas arrastrado por la espiral de acontecimientos que te toque vivir y no tengas ni un segundo de paz. O lo que es lo mismo, ojalá te olvides de ti mismo y tengas una vida tan vacía que, como decía alguien, por hacer lo preciso nunca llegues a hacer lo importante. Pues menuda gracia. Por lo que se deduce, una vida feliz sería entonces una vida tranquila, pacífica y familiar en la que nadie andaría corriendo continuamente para conseguir no sé cuántas necesidades de las que creemos tener y que siempre dan el pie al siguiente escalón de los deseos. Dígase riqueza, dígase poder o posición social.

Comentaba el otro día con una amiga un interesante libro del filósofo coreano afincado en Berlín, Byung-Chul Han, que lleva por título La sociedad del cansancio. En él, el autor hace un interesante análisis de cómo el hombre (y la mujer) de hoy se demuele a sí mismo en la búsqueda incesante del éxito y el poder en una carrera narcisista en que sólo se contempla a si mismo como el centro del mandala de su vida. Una carrera vertiginosa que, para el filósofo, conduce exactamente a ninguna parte. Al menos, a ninguna parte que queramos ir, claro, porque nada es inocuo y todo nos conduce a algún sitio.

En términos más domésticos comentábamos cómo una persona habitualmente cansada es una persona malhumorada, que se relaciona mal con su entorno familiar, que no puede disfrutar de la amistad y que no valora lo más sencillo y hermoso que le da la vida porque simplemente no lo ve, no puede verlo aunque lo tenga delante sus propias narices. Y todo, por conseguir aquello que siempre había anhelado y que pensaba que al alcanzarlo, al fin, podría descansar y ser feliz. No es casualidad que el neoliberalismo haya equiparada el éxito profesional con la realización personal, cosa que no conduce más que a la auto-esclavitud aunque uno crea ser libre.

Sin embargo, la sabiduría china parece tenerlo todo previsto porque la segunda de las maldiciones dice, precisamente, que “Ojalá que tus deseos se cumplan”, o lo que viene a ser lo mismo, ten cuidado con lo que deseas, no sea cosa que lo consigas.